Everything is different now

Dear Sisters and Brothers in Christ,

We began our Lenten journey 40 days or so ago with Pope Francis’ challenge to confront the problem of what he calls the “globalization of indifference.” Our traditional Lenten practices of prayer, charity and fasting have offered us ways to open ourselves to Christ’s love and to share that love with others, to resist the temptation to indifference.

Bishop Amos

We are about to enter into the three days, the heart of our liturgical year, when we will recall Christ’s command to follow his example by celebrating Eucharist and washing feet, when we will stand at the foot of the Cross with Mary, when we will wait in the darkness for the dawning of the new day of resurrection life.
And then? Hopefully, it will not mean a return to “life as usual.”

Mary Magdalene could not go back to life as usual. Neither could Peter and the Beloved Disciple. Neither could the disciples on the road to Emmaus. Neither could Thomas. Neither should we.

The church gives us 50 days to follow on the 40. Yes, 50 days of feasting to follow the 40 days of fasting. But even more than that: 50 days to make sure that what has happened to us over the last 40 takes root and bears fruit, that the seeds that have been planted begin to bear new and abundant life, resurrection life.

We are given these 50 days to make sure that we will come from the font, whether as the newly-baptized neophytes or as those who have renewed their promises, filled with joy and eager to live as an Easter people; to understand more deeply what it means to have died and come back to life again in the waters of baptism.

As we were given 40 days to make our way to Calvary and the empty tomb, we are given 50 to make our way back to Jerusalem, to the upper room, to the whirlwind and tongues of flames that marked the gift of the Spirit at Pentecost.

The Spirit calls us and empowers us to be a resurrection people: those whose lives are an offering of praise and thanksgiving to God, those whose lives echo Christ’s care and compassion for others, those whose lives bear witness to the Good News of God’s mercy and gift of everlasting life.

After the Resurrection, and after Pentecost, we cannot — we dare not — go back to “life as usual” because everything should be — everything is — different now.

Todo es diferente ahora
Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,
Empezamos nuestro viaje de Cuaresma cuarenta días atrás con el reto del Papa Francisco para confrontar el problema de lo que él llama la “globalización de la indiferencia”. Nuestras prácticas cuaresmales tradicionales de oración, caridad y ayuno nos han ofrecido diferentes maneras de abrirnos al amor de Cristo y de compartir ese amor con los demás, para resistir a la tentación de la indiferencia.
Estamos a punto de entrar en el Triduo Pascual, el corazón de nuestro año litúrgico, tiempo en el que recordamos el mandato de Cristo a seguir su ejemplo con la celebración de la Eucaristía y del lavado de los pies; tiempo en el que vamos a estar al pie de la Cruz con Maria; tiempo en que esperamos en la obscuridad el amanecer del nuevo día de vida de resurrección.
Y, ¿ después? Esperamos, que eso no signifiqué un retorno a la ‘vida como de costumbre.’
María Magdalena no volvió a la vida de antes. Tampoco Pedro y el Discípulo Amado. Ni los discípulos de Emús, ni Tomas. Tampoco lo deberíamos hacer nosotros.
La Iglesia nos da cincuenta días que siguen a esos primero cuarenta. Sí, cincuenta días de fiesta que siguen a los cuarenta días de ayuno. Pero aún más que eso: Cincuenta días para asegurarse de que lo que nos ha sucedido en los últimos cuarenta arraigue y de frutos, que las semillas que han sido plantadas comiencen a dar vida nueva y abundante, la vida de la resurrección.
Se nos ha dado estos cincuenta días para asegurarse de que vamos a venir de la fuente, ya sea como los neófitos recién bautizados, o como aquellos que han renovado sus promesas, llenos de alegría y con ganas de vivir como un pueblo Pascual; para entender más profundamente lo que significa, morir y volver a la vida de nuevo en las aguas del bautismo.
Como se nos dio cuarenta días para hacer nuestro camino hacia el Calvario y hacia la tumba vacía, se nos da cincuenta días para hacer nuestro camino de regreso a Jerusalén, al Cenáculo, del estruendo fuerte y de las lenguas de llamas que marca la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés .
El Espíritu nos llama y nos da el poder de ser un pueblo de la resurrección: aquellos cuyas vidas son una ofrenda de alabanza y de acción de gracias a Dios, aquellos cuyas vidas son eco de la atención y la compasión de Cristo para los demás, aquellos cuyas vidas dan testimonio de la Buena Nueva de la Misericordia de Dios y del don de la vida eterna.
Después de la resurrección, y después de Pentecostés, no podemos — no nos atrevemos — volver a la “vida como de costumbre”, porque todo debe ser — todo es — diferente ahora.
Sincerely in Christ,
Sinceramente en Cristo,

 

Most Rev. Martin Amos/Rev. Mons. Martin Amos
Bishop of Davenpor/ Obispo de Davenport

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