SAU CFDD
Feb 232017
 

Por Ana Maria Shambaugh
El Mensajero Católico

En el camino a nuestro desarrollo espiritual, el sacrificio es una parte muy importante; sin embargo, la caridad es mucho más agradable y placentera a los ojos de Dios.

Hace algún tiempo encontré esta bella historia de un autor desconocido, que quisiera compartir con ustedes en este tiempo de cuaresma.
Fray Primitivo era un fervoroso franciscano, que vivió al principio del s. XIII.. Todas las mañanas, acabada su labor en el jardín del convento, salía a los pueblos con su cesta en la mano. Por las tardes, volvía al convento y a medio camino solía descansar unos minutos junto a una fuente de aguas cristalinas, era un lugar bello. Fray Primitivo metía la mano en la fuente y bebía agua, alabando al Señor por el regalo de tan limpia y bella criatura.

Un día, en que traía la lengua más seca que nunca, pensó que sería grato al Señor ofrecerle esa sed, aquel día no bebió agua y prosiguió su camino hacia el convento. Sobre el oscuro atardecer apareció un bello lucero, el fraile comprendió que Dios había aceptado su mortificación e hizo lo mismo día tras día.

Cuando ya estaba viejo y cansado, sus superiores dispusieron que otro religioso le acompañe en la tarea. El día había sido caluroso y al atardecer iban los dos por la vereda hacia el convento: “Hijo mío, -dijo fray Primitivo-, alabemos al Señor en sus criaturas. El sol, la luz, el agua son regalos de su amor, y con amor debemos gozarlas.”

Y luego, preparándole para el ejemplo que pensaba darle poco después, añadió:

“La mortificación es el rechazar el disfrute de las cosas por amor. El agua, criatura del Señor, la gozan los sentidos bebiéndola; pero el espíritu la goza dejándola de beber por amor. La mortificación es gran cosa, pues, es testimonio de amor.”

Estaba diciendo esto cuando llegaron a la fuente, fray Primitivo se agachó para meter la mano y no beber el agua, según su costumbre, pero cuando ya iba a hacerlo, miró al hermano novicio. Venía jadeante de calor. Entre dientes había pronunciado una sola palabra: – ¡Agua!. Fray Primitivo sintió compasión de él, y lo que la sed no pudo ningún día, lo pudo aquel día la compasión. El metió la mano en el agua y bebió plácidamente, en seguida el novicio bebió con avidez. Mientras le oía beber, fray Primitivo, levantó los ojos al cielo y vio que sobre la oscuro tarde, en lugar de uno, habían aparecido aquel día dos luceros.

Pidamos al Señor para que en nuestro diario vivir, aquellos sacrificios que realizamos como ofrenda de amor hacia él, estén llenos de caridad, el cual es el amor puro de Cristo.

Mateo 25:35: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis.”
(Ana Maria Shambaugh es asistente admi-nistrativo del ministerio multicultural de la Diócesis de Davenport.)

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