SAU CFDD
Jul 272017
 

Por el P. Bernie Weir
El Mensajero Católico

El tiempo de ordenación ha concluido este año en la Diócesis de Davenport. Un obispo, dos sacerdotes y nueve diáconos fueron ordenados durante este año. ¡Ahora, la diócesis es mucho más sagrada! Fui ordenado diácono en 1985 y sacerdote en 1986. Algunos días siento cómo que ha pasado mucho más tiempo desde mi ordenación y otros días siento cómo si hubiera sucedido sólo hace 10 minutos.

Anne Marie Amacher
Mons. Thomas Zinkula pone los manos sobre Dan Freeman durante de ordenación de nueve diáconos el 8 de julio en la parroquia de St. John Vianney en Bettendorf.

Asistí al seminario del St. Mary of the Lake en Chicago. Mi primera predicación fue en la pa-rroquia St. Charles Lwanga, una parroquia afroamericana en el lado sur de Chicago. No sabía nada acerca de St. Charles Lwanga. Tuve que averiguar para saber por qué la parroquia tenía ese nombre. St. Charles Lwanda y 21 compañeros fueron mártires de Uganda.

Crecí en Albia y no sabía nada de la cultura afroamericana. Pero, yo estaba dispuesto a aprender. ¡Cuán poco sabía! No recuerdo en absoluto lo que hablé en ese primer fin de semana. Todo lo que recuerdo es que había pasado horas preparándome.

Al leer el Evangelio y comenzar mi primera homilía parroquial, me sentí tan orgulloso de mí mismo. Me sentí humilde durante unos minutos, porque yo consideré que la homilía fue muy buena, cuando a medio camino, en la parte de atrás del templo, una mujer levantó sus manos y comenzó a agitarlas de un lado hacia el otro. Cada hueso blanco de mi cuerpo decía: “¡Ella tiene una pregunta!” Pero, yo sabía bien de que se había hablado. En mi orgulloso estado de ánimo pensé que ella estaba apoyando lo que yo había dicho. Entonces, la oí repitiendo una y otra vez: “¡Ayúdalo, Jesús! ¡Ayúdalo, Jesús! ¡Ayúdalo, Jesús!” Ella dejó de hablar cuando yo terminé de predicar.

Esa fue mi primera homilía parroquial y alguien había estado coreando durante todo ese tiempo: “¡Ayúdalo, Jesús!” ¡Yo no sabía qué hacer! Quería morirme allí mismo. ¿Cómo iba yo a explicar lo que había sucedido cuando volviera a la escuela esa tarde? ¿Cómo podría mostrar mi cara nuevamente en ese lugar la siguiente semana? Todas estas preguntas pasaban por mi mente: “El tipo blanco lo arruinó”. ¿Podría volver a predicar sin que alguien coreara “¡Ayúdalo, Jesús!” cada vez que me levantara?

No recuerdo lo que hable en esa homilía, pero al final de la misa mi perspectiva sobre lo sucedido cambió. Pasé de sentirme horrorizado a entender que ella me estaba apoyando. ¡Ella estaba orando por mí! Lo llegué a comprender al final de la misa. Todo ese orgullo que había sentido en mi primera homilía… yo había estado tan equivocado. Estaba orgulloso de mí mismo, no porque me dieran el honor de proclamar a Cristo. Ella me hizo un servicio maravilloso ese día. Ella gritó “¡Ayúdalo, Jesús!”. Espero que todavía esté coreando su oración por los sacerdotes hasta el día de hoy. Lo necesitamos. Antes de cada homilía, yo rezo: “¡Ayúdame, Jesús!”.

Hemos tenido 12 ordenaciones en la diócesis y en cada ordenación, cuando las manos fueron colocadas sobre las personas que fueron ordenadas, en mi mente repetía ese coro “¡Ayúdalos, Jesús!”.

Les pido que cuando vean a un sacerdote, oren por él. Digan: “¡Ayúdalo, Jesús!” No podemos hacer este ministerio — obispo, sacerdote o diácono — sin la ayuda de Cristo. ¡Oren por nosotros!

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