Todos somos llamados a la santidad

Por Padre Troy Richmond
El Mensajero Católico

En su más reciente exhortación apostólica, “Gaudete et Exsultate” (Alegraos y regocijaos), el Papa Francisco nos recuerda nuestra vocación más básica, nuestro llamado a la santidad. Es un documento que vale la pena leer y me gustaría resaltar solo algunas ideas ofrecidas en esta oportuna exhortación.

Fr. Richmond

El llamado a la santidad es para todos. La tentación es pensar que la santidad es solo para unos pocos elegidos; para sacerdotes, religiosos y aquellos que tienen tiempo para dedicarse a la oración. La verdad es, sin embargo, que la santidad está enraizada en nuestro llamado bautismal. El día en que fuimos bautizados, estas palabras fueron pronuncia-das sobre nosotros: “Te has convertido ya en nueva creatura y habéis sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de vuestra dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los vuestros, consérvala sin mancha hasta la vida eterna.”

A través del sacramento del bautismo, recibimos una nueva dignidad, la dignidad de un hijo de Dios que, con cada día que pasa, está llamado a ser más como Cristo. Convertirse en santo no requiere que hagamos milagros grandiosos o que ha-gamos algo absolutamente extraordinario. Más bien, la santidad está enraizada en gestos sencillos y humildes que buscan compartir con los demás el amor de Dios. Ya sea contarle una broma a alguien descorazonado, sonreírle a un extraño o ser paciente y amable mientras espera en una línea larga, estos son pequeños actos de amor que muestran a los demás el rostro de Cristo.

Todos están llamados a la santidad; no estamos solos a lo largo del viaje. De hecho, el Papa Francisco nos recuerda que, en muchos casos, comunidades enteras han sido canonizadas por su testimonio de santidad. Pensamos en los muchos mártires que, con sus compañeros, pagaron el máximo sacrificio por el bien del Evangelio. Considere a los 25 santos y mártires mexicanos que murieron por la fe como parte de la guerra de los Cristeros o, más recientemente, los trapenses en Tibhirine, Argelia, que se prepararon para derramar su sangre como mártires por el bien de Cristo. Estos creyentes confiaron el uno en el otro para tener la fuerza de pre-senciar, de la manera más poderosa, su santidad y su firme fe en el Señor.

Finalmente, el Papa nos recuerda que la santidad no se trata solo de hacer algo; se trata más de amar a alguien. Podemos hacer muchas cosas grandiosas para el Señor. Sin embargo, si nuestro trabajo no está enraizado en un amor profundo por el Señor, se hará en vano. Por lo tanto, la oración es necesaria para nosotros si queremos crecer en santidad. Al hacer tiempo, todos los días, para un diálogo amoroso con el Señor, nos permitiremos enamoramos más profundamente de Cristo, aquel cuyo amor nos impulsa en nuestra búsqueda de la santidad.

La exhortación apostólica del Papa Francisco, “ Alegraos y regocijaos”, nos recuerda que la santidad es alcanzable si recordamos quiénes somos, bautizados y amados hijos e hijas de Dios. No estamos en este viaje solos. Con el apoyo y el aliento de nuestros hermanos y hermanas en el camino, podemos regocijarnos y alegrarnos, ¡porque nuestra recompensa será grandiosa en el cielo!

(P. Richmond es el pastor en la parroquia de Santa María y San Matías en Muscatine y la parroquia de San Jose en Columbus Junction.)

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