Cardenal Gregorio Rosa Chávez, amigo de un santo

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Lindsay Steele
Cardenal Gregorio Rosa Chávez de El Salvador habla a los católicos hispanos durante IV Conferencia Teológica Pastoral en Bridge View Center en Ottumwa el 11 de junio.

Por Barb Arland-Fye
El Mensajero Católico

Después de la oración de las vísperas en la Capilla Magnificat de su comunidad, la hermana Johanna Rickl, CHM, le pidió al cardenal Gregorio Rosa Chávez de El Salvador, que compartiera con las hermanas presentes “las experiencias que les hablan al corazón sobre San Óscar Romero”.

El cardenal Rosa Chávez, quien estaba en Iowa como presentador para la IV Conferencia Teológica Pastoral para la Comunidad Hispana, dijo a las hermanas de la Congregación de la Humildad de María en Davenport, que él tenía 14 años cuando conoció al futuro santo. Más tarde como seminarista, Rosa Chávez se
desempeñó como asistente del entonces padre Romero en el seminario menor en El Salvador, donde él era rector.

Siete años después de su ordenación en 1970, el padre Rosa Chávez se convirtió en director de la oficina de comunicaciones del recién instalado arzobispo Romero. En marzo del 1980, hombres armados mataron al arzobispo mientras celebraba la Santa Misa en la capilla de un hospital oncológico en San Salvador donde vivía.
El cardenal Rosa Chávez, de 79 años, les dijo a las hermanas que él y el arzobispo Romero se hicieron amigos en el seminario menor. El sacerdote que conoció, cambió de conformista a reformista, cuando fue instalado como arzobispo Romero. Mientras otros se preguntaban sobre el cambio, el cardenal Rosa Chávez lo describió como una evolución. El arzobispo Romero se dio cuenta de que no podía quedarse de brazos cruzados mientras la gente pobre y oprimida de su país sufría. Sabía que necesitaba trabajar por la justicia; aceptó, pero no dio la bienvenida a la posibilidad de la muerte, debido a su posición pública. Creía que Dios esperaba una respuesta heroica, dijo el cardenal.

Cuando el arzobispo Romero pronunció una homilía en marzo de 1980 diciéndoles a los soldados, que detuvieran la matanza de sus hermanos y hermanas; que detuvieran la represión del pueblo, el cardenal Rosa Chávez supo que el arzobispo había sellado su destino. “Pensé, ‘esta es la sentencia de muerte’. Al día siguiente lo mataron”.

El Cardenal Rosa Chávez habló de otras cosas con las hermanas, incluyendo su admiración por las religiosas y su trabajo en favor de los pobres y oprimidos. Conocía a las cuatro religiosas asesinadas en El Salvador, el mismo año en que asesinaron al arzobispo Romero. Perdieron la vida por ponerse del lado de los pobres. El cardenal también representa a los pobres.

Caminé con el cardenal Rosa Chávez y las hermanas de la Humildad hasta el comedor para cenar, con la esperanza de aprender más sobre el arzobispo Romero. ¿Cómo fue trabajar con él y ser su amigo? Cuando terminó de comer, el cardenal se tomó un tiempo para hablar conmigo. El Padre Rudolph Juarez de la parroquia de San Antonio en Davenport me ayudó con la traducción.

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El cardenal Rosa Chávez dijo que vio al joven padre Romero hablar en la catedral y escuchar confesiones, lo que le causó una gran impresión cuando era niño. Más tarde, como asistente del padre Romero en el seminario: “Ahí fue cuando nos hicimos amigos”.

El padre Romero “era una persona de carácter difícil, muy exigente con la gente e igual de exigente consigo mismo”, dijo el cardenal Rosa Chávez. ¿Por qué se hicieron amigos? Yo pregunté. “Porque encontró en mí a alguien de confianza, de simpatías mutuas. Así que le gustaba compartir sus pensamientos conmigo”. Esos pensamientos incluían los ideales del padre Romero y sus proyectos de vida espiritual, dijo el cardenal.

Cuando el arzobispo Romero fue instalado como arzobispo en 1977, el padre Rosa Chávez era rector del seminario nacional para El Salvador. El arzobispo necesitaba un lugar para vivir temporalmente y le pidió al padre Rosa Chávez si podía quedarse en el seminario. “Dije: ‘es un placer’”. Poco después, el arzobispo Romero se mudó a su propia casa de tres habitaciones.

Todos los domingos, el sacerdote escuchaba las homilías del arzobispo Romero y tomaba notas, incluso el día anterior al último día del arzobispo en la tierra. “Sentí dolor en mi corazón”, recordó el cardenal Rosa Chávez,
pensando que la homilía le costaría la vida al arzobispo.

Al día siguiente, después de celebrar la Misa en el seminario, supo que Monseñor Romero había sido fusilado. “Fue por la gracia de Dios que murió en el altar y no en la calle”, me dijo el cardenal.

(Para comunicarse con la editora Barb Arland-Fye escriba al arland-fye@davenportdiocese.org)


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