Expulsando de nuestras vidas el odio, mediante la gracia de Dios

Por P. Jake Greiner

El odio, en esencia, es un intenso sentimiento de aversión o disgusto hacia una persona, un grupo, una idea o incluso hacia uno mismo. Los psicólogos creen que el odio probablemente tiene su origen en ese deseo otorgado por Dios a una persona; para protegerse a sí misma del peligro, cualquiera sea la experiencia de peligro en cada persona.

Fr. Greiner

Una persona puede decir: “Odio conducir en carreteras heladas”. Dado que muchos de nosotros odiamos conducir en carreteras heladas, este sentimiento general de disgusto o desagrado nos mantiene concentrados cuando conducimos en carreteras heladas o, por lo general, nos mantiene alejados de la conducción en estas condiciones. Como expresa este ejemplo, la respuesta emocional al odio, centra la atención y fortaleza la voluntad de una persona, por lo que se puede cumplir el deseo natural de protegerse del daño. En resumen, la intensa reacción emocional provocada por el odio nos ayuda a identificar las amenazas legítimas a nuestro bienestar y a la fuerza de voluntad para abordarlas o neutralizarlas.

No siempre el sentir este nivel de disgusto o desagrado está en basado en una amenaza o un peligro legítimo. Algunas veces, enmascaramos el odio para ocultar otros sentimientos que podemos estar experimentando en nuestra vida, como el miedo, la culpa, el orgullo, la envidia y la vergüenza. Aquí hay algunos ejemplos: “Lo odio porque es mejor que yo”. “Los odio porque son diferentes y no cambiarán”. “Me odio a mí mismo por sentirme así”. En cada una de estas reacciones, la experiencia del odio no se basa en una verdadera amenaza que, en última instancia, podría dañarnos; el odio se basa en algún otro aspecto de la vida de una persona.

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Dado que estas experiencias de odio son tan poderosas y abrumadoras, el odio nos distrae de otras cosas que suceden en nuestras vidas. Podríamos sentirnos de manera muy diferente si no fuéramos directamente al odio: “Realmente necesito mejorar mi juego”. “Me pregunto por qué esta gente está actuando de esta manera”. “Estoy realmente triste en este momento, y no me gusta estar triste”. Cuando una persona experimenta la abrumadora respuesta del odio, no hay lugar para nada más. Es un instrumento contundente que no se controla fácilmente. Esta realidad se muestra actualmente día tras día en nuestros noticieros.

Por todas las razones que mencioné anteriormente, la respuesta emocional del odio puede ser tan pecaminosa y destructiva. Odiar a cualquier persona es contrario al Evangelio de Jesucristo. La aversión extrema o el disgusto por otra persona que se siente a través del odio nunca pueden ser justificados por un discípulo de Jesucristo. De hecho, Jesucristo llega a desafiarnos, a amar a nuestros enemigos debido al poder destructivo del odio (cf. Mt 5: 43-46). Este mandamiento de amar incluso a aquellos a quienes fácilmente podríamos odiar, es verdaderamente una manifestación de cómo la gracia de Dios puede transformar nuestras vidas a través de la misericordia, el perdón y el amor.

A muchos de nosotros se nos ha dicho que nunca debemos experimentar el odio. Sin embargo, en nuestras vidas, experimentamos el intenso sentimiento de disgusto y desagrado. Parece que podríamos odiar el hecho de conducir en carreteras cubiertas de hielo, pero no debemos odiar a una persona porque pertenece a un partido político diferente. Tenemos que estar en contacto con lo que realmente está impulsando nuestro sentimiento de disgusto y desagrado; para que podamos realmente descubrir lo que está sucediendo en nuestras vidas.

Si sucumbimos al odio, nuestro mundo se vuelve muy oscuro, solitario y asfixiante. Tenemos que luchar contra el deseo de odiar y permitirnos ver la verdad de las situaciones que encontramos. Si tenemos éxito, podríamos descubrir que, en lugar de ver un mundo lleno de odio, podríamos comenzar a ver el mundo lleno de tantas otras posibilidades. Finalmente, debemos recordar que es solo a través de la gracia de Dios, que podemos lograr esta realidad. Nunca estamos solos en la lucha por superar el odio en nuestras vidas. ¡Nuestra Señora de la Victoria, ruega por nosotros!


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